Homilía
de Pentecostés
Pbro. Lic. René Pérez Montiel
Espíritu Santo, Espíritu de Jesús
Ante la desolación que sentían sus discípulos al saber que Jesús moriría pronto, él les promete cinco veces que les enviará su Espíritu para que se quede con ellos, los guíe, los enseñe y les anuncie lo que vendrá (Jn 14, 15-17 y 25-26; 15, 26-27; 16, 7-8; 16, 13-15). El día de Pentecostés, en su discurso como vicario de Cristo, Pedro señala que Jesús tenía que ser exaltado para convertirse en fuente de vida para todos sus hermanos y que su Ascensión a los cielos fue signo de que llegó al Padre para enviar el Espíritu prometido (Hch 2, 14-36).
La presencia del Espíritu Santo fue un
consuelo tan grande para los discípulos, que por eso se le llama Consolador.
También lo llaman Paráclito, que significa “abogado”, pues, al ser Dios mismo,
nos conoce bien, sabe lo que necesitamos y dirige nuestra oración y nuestra
vida:
- Nos muestra la verdad sobre Dios, nosotros mismos y el mundo en que vivimos.
- Nos ayuda a comprender y a vivir la grandeza de la ley
del amor.
- Nos guía al discernir sobre el bien y el mal, y al elegir
nuestro estado y estilo de vida.
- Nos defiende del mal y nos ayuda a identificar y vencer
las tentaciones.
- Aboga por nosotros, presentando al Padre lo que necesitamos en una oración sincera.
Los seguidores de Jesús estamos en excelentes manos. Ábrete a la presencia del Espíritu en ti y revisa los cinco puntos anteriores, dejándote iluminar y guiar por él. ¡No pierdas nunca la paz interior! ¡El Espíritu de Dios, el Espíritu de Jesús te acompaña siempre!
El Espíritu Santo, Tercera
Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de tu alma, la vida de tu vida, el
ser de tu ser; es tu santificador, el huésped de tu interior más profundo. Para
llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada
vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abre
las puertas de tu interior de par en par. Pidamos la gracia de vivir conforme
al Espíritu.

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